GILBERT K. CHESTERTON: LA ACTUALIDAD DE UN ESCRITOR CLARIVIDENTE

 

 

                                                                                            Raúl Espinoza Aguilera

 

Gilbert K. Chesterton (1874-1936) es un escritor que no pasa de moda. Sus argumentos siguen resultando vigentes para nuestro tiempo por su sentido común y lógica contundentes. Recordemos algunas de sus obras clásicas: Ortodoxia, El Hombre Eterno, La Esfera y la Cruz, el serial de novelas sobre el Padre Brown, El Hombre que fue Jueves, El Club de los Negocios Raros, etc.

 

Chesteron vivió los rápidos avances de la época moderna. Se descubría la luz eléctrica, las máquinas de numerosos tipos, el avión, el coche de motor, las avanzadas comunicaciones por todo el orbe, los progresos asombrosos en la medicina, en la ciencia, en la técnica…

 

Y sobrevino un fenómeno social que se fue generalizando: la ciega confianza en el progreso material ilimitado, irreversible; la pugna entre la ciencia y la fe. Se cayó en dos extremos ideológicos: el racionalismo, que absolutamente todo tenía que ser demostrado en un laboratorio y el progresismo que llevó a muchos a perder su fe en Dios y adoptar un nueva “religión”: la fe en la ciencia y la razón.

 

Este periodista y escritor en su juventud fue agnóstico, luego comenzó a practicar el Anglicanismo y posteriormente se convirtió al Catolicismo. La mayor parte de sus obras las dedica a enseñar que la fe no se contrapone a la ciencia y a los avances técnicos; todo lo contrario, emplea razonamientos claros e imbatibles para demostrar la existencia de Dios y la importancia de la religión.

 

Se dedicó a la Apologética, es decir, cultivó con eficacia y lucidez esa rama de la Teología que tiene por objeto demostrar la verdad del dogma cristiano y a defenderlo de los ataques de sus impugnadores. Se le recuerda como un brillante polemista ante grandes auditorios frente escritores como George H. Wells, Bernard Shaw y muchos otros.

 

Una característica de sus obras es su chispeante buen humor, su enorme alegría de vivir y mostrar la verdad. Me parece que ese humor contribuyó a ser muy positivo y constructivo en sus argumentaciones de manera que ante su gracia, su inteligente agudeza y fina ironía, no le quedaba al contrincante otra salida que la de reírse también junto con este célebre escritor inglés.

 

Chesterton vivió “un período en que muchos hombres y mujeres de aquel entonces -escribe el autor Mariano Fazio- se plantearon preguntas fundamentales sobre la existencia humana y la visión del mundo, y llegaron a la conclusión de que era necesario volver a una concepción espiritual y trascendente de la persona humana”. Eso explica porqué hubo tantas conversiones al cristianismo en esa época.

 

Pero Chesterton no es un pensador que se limita a realizar diagnósticos del mundo o a señalar lo erróneo y absurdo de muchos argumentos, sino que propone soluciones, aporta nuevos y creativos enfoques que hacen que siga siendo un autor contemporáneo. Vivía asombrado y agradecido con Dios por su Creación y de que existieran seres humanos con un destino eterno.

 

 

 

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Lectura

*Lunes, 18 de Septiembre 2017*

La imaginación puede perturbarnos mucho en la oración porque nos lleva a todas partes y nos distrae. Pero no hay que luchar contra ella, porque es peor. Es mejor apartar dulcemente las imágenes interiores y dejarlas pasar, volviendo suavemente a la presencia del Señor. Pero también podemos pedirle al Espíritu Santo que sane y ordene nuestra imaginación para que nos ayude a orar. 

La imaginación es algo bueno y precioso si se la entregamos al Espíritu Santo. Entonces, podemos imaginar las manos de Jesús que acarician, o sus brazos que sostienen, o sus ojos que miran con serena ternura, o simplemente su rostro, su figura que nos invita a un abrazo, o a descansar a su lado. Estas son buenas maneras de introducirnos en su presencia. 

En ese encuentro, es posible que imaginemos que él abre su pecho y derrama en nosotros ese manantial de fuego que es el Espíritu Santo.Así, el Espíritu Santo puede ayudamos con su luz, para que aprendamos a utilizar nuestra imaginación con habilidad y creatividad, de manera que sea nuestra aliada en la oración, y no nuestra enemiga.

*Mons.*
*Víctor Manuel Fernández.*