Disturbios en Jerusalén. ¿Cómo superar la violencia religiosa?

 

Luis-Fernando Valdés

 

Días de enfrentamientos entre fieles musulmanes y policías israelíes frente a los lugares santos. ¿Existe realmente una posibilidad de que las grandes religiones convivan en paz?

 

1. ¿Cómo surgió esta nueva ola de violencia? El pasado jueves (27 jul. 2017), más de cien palestinos resultaron heridos en enfrentamientos con la policía, en la Explanada de las Mezquitas en la Ciudad Vieja de Jerusalén.

El reciente conflicto inició con el asesinato de dos policías israelíes, cerca del lugar santo islámico Haram al Sharif (Noble Santuario), conocido por los judíos como Monte del Templo, el pasado 14 de julio. (BBC, 14 jul. 2017)

Por ese hecho, las autoridades de Israel establecieron un cerco de control, con detectores de metales y cámaras, en torno al acceso a ese recinto. Como protesta, los fieles islámicos habían rezado en la calle durante los últimos días. Cuando el pasado jueves fueron retiradas esas instalaciones de seguridad, la afluencia de fieles se salió de control y provocó el reciente enfrentamiento con la policía. (El Universal, 28 jul. 2017)

 

2. De la discordia a la reunión. Jerusalén es un lugar privilegiado, pues es considerada una ciudad sagrada para los judíos, pues en el siglo X a. C, el rey David la escogió para construir ahí el Templo; para los cristianos, porque ahí murió y resucitó Jesús; y por los musulmanes, que sostienen que Mahoma (s. VII) la visitó en un viaje nocturno y ascendió a los cielos desde ella.

Desde el punto de vista religioso, los líderes de las tres grandes religiones ha hecho esfuerzos para promover la convivencia pacífica de esas tres confesiones en Jerusalén.

En mayo de 2014, el Papa Francisco se reunión, el Muro de las lamentaciones mismo, con el rabino argentino Abraham Skorka, y el líder musulmán argentino, Omar Abboud. Con un inolvidable abrazo, los tres líderes formalizaron sus deseos de paz entre las religiones.

 

3. Cambiar de paradigmas. Cuando surgen enfrentamientos en los lugares santos, se envía un mensaje de que “las religiones fomentan la violencia y la intolencia”. Para superar esta visión violenta de la religión, hace falta cambiar unos paradigmas, el modo de considerar la religión. Se trata de dos enfoques que ha desarrollado el cristianismo, y han funcionado.

El primero de ellos es la separación de la Iglesia y del Estado. Aunque se llegó a este cambio por una vía violenta, como la Ilustración en Francia o la Reforma en México, la experiencia ha sido importante, porque el Catolicismo se ha desligado de nacionalismos y visiones políticas, y se ha enfocado en su misión religiosa abierta a todas las personas, sin importar su nacionalidad o su ideología.

El otro enfoque es poner el acento en la “dignidad” de la persona y no en la “religión verdadera”. El Concilio Vaticano II, en la declaración “Dignitatis humanae” (1965), cambió del paradigma de los derechos de la verdad al respeto de la conciencia de cada persona.

No se trata de negar la verdad del cristianismo, sino de reconocer que la verdad religiosa no se puede imponer por la fuerza a nadie, ni se puede agredir a nadie por profesar una religión “equivocada”.

 

Epílogo. Paradójicamente, Jerusalén significa “casa de la paz”, pero para que así sea, las religiones que ahí convergen necesitan abordar un gran proceso cultural para dejar de identificar la afiliación religiosa con la afiliación nacional. Junto con eso, es importante que en occidente sigamos enfatizando que la dignidad humana y el respeto a la conciencia son el fundamento de la libertad religiosa.

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Lectura

*Lunes, 18 de Septiembre 2017*

La imaginación puede perturbarnos mucho en la oración porque nos lleva a todas partes y nos distrae. Pero no hay que luchar contra ella, porque es peor. Es mejor apartar dulcemente las imágenes interiores y dejarlas pasar, volviendo suavemente a la presencia del Señor. Pero también podemos pedirle al Espíritu Santo que sane y ordene nuestra imaginación para que nos ayude a orar. 

La imaginación es algo bueno y precioso si se la entregamos al Espíritu Santo. Entonces, podemos imaginar las manos de Jesús que acarician, o sus brazos que sostienen, o sus ojos que miran con serena ternura, o simplemente su rostro, su figura que nos invita a un abrazo, o a descansar a su lado. Estas son buenas maneras de introducirnos en su presencia. 

En ese encuentro, es posible que imaginemos que él abre su pecho y derrama en nosotros ese manantial de fuego que es el Espíritu Santo.Así, el Espíritu Santo puede ayudamos con su luz, para que aprendamos a utilizar nuestra imaginación con habilidad y creatividad, de manera que sea nuestra aliada en la oración, y no nuestra enemiga.

*Mons.*
*Víctor Manuel Fernández.*
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